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Aurelio Desdentado

Aurelio Desdentado: In Memoriam

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Entrada dedicada a la memoria de Aurelio Desdentado Bonete

Profesor Antonio Baylos Grau

Aurelio Desdentado: in memoriam

El viernes pasado, 19 de marzo, una llamada desolada de Elena Desdentado me informó del fallecimiento de su padre. Llevaba ingresado una semana en el hospital víctima del Covid-19 y no lo había podido superar. Pensé cómo la pandemia nos iba arrebatando amigos a los que nunca creímos poder perder tan pronto. En enero Gigi Mariucci y ahora Aurelio Desdentado. Una pérdida más dolorosa cuanto que no es posible reunirse con la familia y las amistades para expresar el pesar profundo que produce su muerte.

Aurelio Desdentado ha sido un jurista que ha contribuido de manera muy importante al diseño de las líneas centrales del Derecho del Trabajo post-constitucional en su actuación como Magistrado de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo durante más de un cuarto de siglo. La asociación Juezas y Jueces para la Democracia lo ha definido como una figura clave del iuslaboralismo español del siglo XX, y aunque Aurelio no estaría de acuerdo, es evidente la relevancia de su figura en la construcción de la cultura jurídica laboral entre 1986 y la crisis del 2010-2013. Todos los comentarios en las redes sociales de quienes le conocieron y trataron resaltan otro aspecto de su personalidad, su carácter afable y la sencillez con la que actuaba, su inmensa cultura, su excepcional capacidad didáctica y expositiva.

Pero para mí Aurelio Desdentado ha sido un amigo que me ha acompañado durante una buena parte de mi trayectoria personal y profesional, a través de las fases más importantes de la misma. Le conocí en un acto celebrado en el colegio de doctores y licenciados en Ciencias Políticas, en el que se debatió sobre el Decreto Ley de Relaciones de Trabajo y enseguida colaboramos juntos en la crítica de las medidas laborales que en la transición y en los primeros gobiernos de UCD se fueron realizando, a través de la participación en Gaceta Sindical, el órgano confederal de CC.OO., en donde se estableció una relación de gran cordialidad entre su director, Manolo Morales y Aurelio, a los que unía también su pasión por la lectura y la montaña. Eran desternillantes los relatos sobre las conversaciones entre el grupo de técnicos de la Administración del Estado recluidos – exilados – en la Secretaría General Técnica del Ministerio de Industria, y por las tardes muchas veces le recogía en el despacho de Luis Enrique de la Villa en la calle Fuencarral, donde también encontraba a Maria José Fernández Olalde – hoy compañera mía en la UCLM – y a Carlos Gómez Iglesias. En ese despacho fue donde surgió, a iniciativa de Aurelio, el muy trabajado artículo “Huelga y constitución” que provocó que el PSOE impugnara ante el Tribunal constitucional el DLRT de marzo de 1977 y que daría lugar a la STC 11/1981 objeto también de un comentario triunfalista que publicamos en GS ambos. Es una época que en mi recuerdo está asociada a la alegría y la esperanza del cambio político y social en profundidad.

El triunfo del PSOE y su efímero paso por la fontanería de La Moncloa no le sentó bien, pero la propuesta de su amiga Maria Teresa Fernández de la Vega para que se presentara al quinto turno de juristas de reconocida importancia para ingresar en la Sala de lo social del Tribunal Supremo, fue providencial. A partir de su ingreso, con la seriedad y exhaustividad que le caracterizaba, fue generando lo que en los libros se denomina doctrina judicial, marcando con su fuerte personalidad un proceso de interpretación de la normativa en proceso que se habría de ir desarrollando a partir de la reforma de 1984 sucesivamente, con los avatares políticos correspondientes tras la gran huelga del 14-D y, tras la corta estación de la interlocución política entre los sindicatos y el gobierno, la muy profunda modificación legislativa de 1994. Durante toda esta época, mantuve una colaboración muy estrecha con él, y mi acceso a la cátedra de la UCLM, en Albacete, le alegró personalmente mucho. Su participación continuada en las Jornadas de Estudio de Albacete organizadas por Luis Collado a través del Gabinete de Estudios de CCOO y el área de Derecho del Trabajo de la UCLM, colaboró al éxito de las mismas a lo largo de los años, y la aparición, en 1998 de la Revista de Derecho Social se benefició de sus aportaciones desde el primer momento (ya en el número 2 de la Revista), con algunos artículos cuya consulta resulta aún hoy imprescindible. Personalmente, creo que «El traje nuevo del emperador»: sobre la legislación simbólica en el estatuto del trabajo autónomo (RDS Nº 44, 2008, págs. 13-35) es un texto que va más allá del examen de la LETA y permite comprender muy bien el positivismo jurídico que alimentaba el razonamiento de Aurelio, y, claro está, el comentario que hizo al libro de Joaquín Pérez Rey y mío sobre el despido, Sobre el despido y su violencia. Una lectura de «El despido o la violencia del poder privado» de Antonio Baylos Grau y Joaquín Pérez Rey, (RDS Nº 51, 2010, págs. 11-30) fue una muestra especial del reconocimiento del valor teórico de la obra, desde un planteamiento crítico con la misma. Sus reflexiones sobre el facto de sostenibilidad en la reforma de las pensiones (RDS nº 64 (2013) fueron su última colaboración con la revista, un año antes de su jubilación. Participó en muchos de los seminarios de formación que organizamos para los docentes del área, y recuerdo especialmente una larga sesión en la que comentamos, en presencia de su autor, Antonio Martín Valverde, un artículo sobre los Principios y reglas del Derecho del Trabajo, publicado en la REDT 114 (2002) y el diálogo con el mismo por parte de Aurelio ante la totalidad de los miembros del área manchega. Esa amistad tan larga me permitió también atraer el talento de su hija Elena Desdentado al área de Derecho del Trabajo de la UCLM, dirigir su tesis doctoral y acompañar su itinerario de formación hasta su traslado a la UNED, creando una relación de confianza y de complicidad con ella que aún perdura.

Porque Aurelio, aunque nunca practicó la carrera académica, fue un verdadero profesor universitario, mucho más allá de la condición de profesor asociado que ostentó en varias universidades. No solo por su capacidad teórica y su ingente producción científica – basta consultar la página de Dialnet para comprobarlo – sino por su impulso y generosidad al proponer a otras personas más jóvenes la realización de trabajos conjuntos, compartiendo su proyecto y diseñando el esquema de los mismos, desde la sencillez y el debate conjunto. En su impresionante productividad científica, le gustaba trabajar en comandita, debatir con otros, hacerles partícipes de sus inmensos conocimientos, pero también y posiblemente sobre todo debatir, comentar lecturas, contrastar puntos de vista. Lo saben bien Berta Valdés, Carolina Martínez y especialmente Ana de la Puebla, pero también Ana Belén Muñoz e Ignacio González del Rey, entre otros, además de su larga relación de amistad y paseos con Jesús Mercader. Era un lector compulsivo y devoraba todo tipo de ensayos y relatos que luego le permitían una amenísima conversación en la que su erudición no se exhibía, sino que se empleaba como forma de ilustrar y reforzar su argumentación sobre los temas que abordaba.

Siempre he creído que el asesinato por ETA de Rafael Martínez Emperador en febrero de 1997 tuvo una profunda huella en la psique de Aurelio, al conocer por los servicios de información de la seguridad del estado que la banda terrorista preparaba atentar contra su persona, por el simple hecho de que su domicilio en el Barrio de la Estrella permitía una huida rápida por la M-30 al comando que efectuara la acción. Se tuvo que mudar a El Escorial, y aunque la seguridad de su familia y de su persona nunca llego a obsesionarle, me parece que no es desdeñable que este hecho tuviera una influencia evidente sobre los infartos que padeció y de los que felizmente se recuperó gracias a la excelente atención médica del Gregorio Marañón, una unidad especializada en cirugía del corazón que luego fue disuelta por los recortes en la sanidad madrileña. En la sala de lo social del Tribunal Supremo fue construyendo una hegemonía ideológica y cultural muy potente, que se confrontaría en fallos muy decisivos, ya en la última época, con la que ostentaba Manuel Ramón Alarcón, provocando un apasionante diálogo crítico que se manifestaba en sentencias con interesantísimos votos particulares.

A Aurelio Desdentado por tanto, se le recordará por su legado impresionante como Magistrado, unido a su producción teórica brillante e ingente. La gente que lo conoció recuerda su afabilidad y sencillez, su accesibilidad y su enorme cultura. Sus amigos y amigas saben que su pérdida es irreparable y la pena por su fallecimiento profunda. Aunque se me agolpan los recuerdos, los lugares de nuestros encuentros y los espacios de nuestro afecto, como resumen guardo la imagen de la última vez que le encontré, paseando por Malasaña con Loli, disfrutando del tiempo libre que la jubilación le permitía, hablando de sus nietas y nietos de los que tan orgulloso estaba. Así quiero conservar su memoria, enviando a su mujer, Maria Dolores Daroca, también contagiada, mis deseos de mejoría, junto con mis sentimientos de cariño que extiendo a Eva y a Elena y a sus hijas e hijos, los nietos tan amados por su abuelo.

Entrada publicada originariamente en el Blog del profesor Baylos.

Profesor Jesús R. Mercader Uguina

Con Aurelio Desdentado en la memoria

El fallecimiento de Aurelio Desdentado ha sido uno de los más duros golpes que he recibido en mi vida, solo semejante al que en su momento viví al fallecer mis padres. Y es lógico porque Aurelio era, en gran medida, mi padre intelectual. La persona que, a lo largo de los años, fue decisivamente fraguando mi carácter como persona. Y es que, como en alguna ocasión le dije, yo hubiera sido alguien distinto de no haberle conocido. En los largos paseos por el Retiro, la Cuesta de Moyano o en las montañas de Guadarrama, me trasladó que el conocimiento de la vida va más allá del Derecho y que está en la filosofía, en la literatura, en la ciencia política, en el pensamiento del ser humano. Nada en la reflexión intelectual le era ajeno, todo le interesaba.

Recuerdo con plena nitidez el día que le conocí. Debía de ser a mediados de 1984 cuando un día apareció en el Curso Especial de Derecho del Trabajo de la UAM con una espesa barba y una muleta fruto de una rotura en una de sus piernas (tiempo después andando por la Pedriza me enseñaría el concreto lugar en el que se tuvo que “descolgar” y en el que sufrió el accidente) para hablarnos de “El futuro de la Seguridad Social”. Para mí, en ese momento era ya un mito. Había leído muchos trabajos suyos y admiraba su fuerza intelectual y su entendimiento progresista de la sociedad. Recordaba, particularmente, como tantas veces le decía, su trabajo el “Asalto al Estado del Bienestar” (trasunto conceptual de la obra de Lukács) que publicó en “Argumentos” o su artículo en El País “Ni eficacia general ni homologación”. Aurelio era en aquel entonces para mí la Seguridad Social que yo identificaba con el Manual de Seguridad Social que había escrito con mi maestro Luis Enrique de la Villa. El tiempo pasó y años después me reencontré con él al iniciar mi camino en la Autónoma de Madrid.

Recuerdo que un día me encontré accidentalmente con él en la Estación de Recoletos y comenzó una conversación que se ha mantenido hasta hace pocos días. Luego el encuentro casual pasó a ser forzado por mi parte, que le esperaba los días que tenía clase para poder conversar con él. Más que conversar para escucharle porque yo a Aurelio siempre le he escuchado con devoción. Recuerdo aquél día que llegó al despacho antes de su clase y nos dijo: “Hoy toca aprenderse un verso del Marqués de Santillana -“En aqueste Valle al fresco viento/ andábamos cogiendo tiernas flores” (todavía lo recuerdo)-. De la UAM pasamos a su casa en la Calle Sirio donde yo acudía con reverencia a visitar al Maestro para que enjuiciara los textos de lo que sería mi Tesis. Allí estaba Lola siempre agradable, cariñosa y comprensiva. Y estaban también Eva y Elena iniciando su carrera universitaria o terminando sus estudios de secundaria. Y estaba Aurelio en su butaca de cuero marrón con su lápiz en la mano, su criterio, su opinión y sus muchas recomendaciones; todas cuidadosamente anotadas en sus famosas libretas. Todavía conservo los textos corregidos con las anotaciones de Aurelio; cuánto me ayudó y cuánto me animó en esos momentos de tanta incertidumbre.

La relación cobró nuevas formas en nuestros paseos por la Montaña (“el espíritu de la montaña”) y en 1996 publicamos una monografía firmada por los dos. Cualquiera que lea ese libro (“El desempleo como situación protegida”) verá con claridad quién es el único y exclusivo autor. Pero Aurelio me regaló poder ver mi nombre junto al suyo. En una comida que hicimos tiempo después en “Pereira” (le gustaba mucho su codillo) le regalé un libro de Concha Espina (él ya lo tenía, Aurelio tenía todos los libros y los había leído todos) en el que en la dedicatoria le decía que me había permitido cumplir un sueño.

Con Aurelio paseé mucho; monté en bicicleta por el Retiro, caminé por Santander y me enseñó a leer a Thomas Mann, a Martin du Gard (“si no has leído los Thibault sal corriendo ahora mismo y enciérrate en tu casa hasta que lo hayas terminado”); hablamos de todas las biografías de Safransky aunque la que más le gustaba era la de Schopenhauer, del Conde Duque de Olivares, la revolución francesa y hasta repasamos un día junto a Lola el mapa de Israel. Recuerdo una conversación, en uno de esos caminos por la montaña (en Casillas, concretamente) entre él y Eduardo García de Enterría hablando del libro de Furet: “El pasado de una ilusión”. Apasionante. Y recuerdo también aquel paseo por el Escorial después de comer un chocolate con picatostes en La Austriaca en el que visitamos la casa de Jiménez de Asúa.

Con Aurelio hablaba de Derecho pero le recuerdo sobre todo por su sed de saber y de conocer. Creo que en el fondo a los dos nos interesaba más esto último. No en vano a su queridísima nieta Ana le escribió una historia peripatética de la filosofía. Cuando nos veíamos, después de hablar de lo cotidiano, mi pregunta era recurrente: Aurelio, ¿qué estás leyendo? A partir de ese momento, se habría un mundo apasionante de reflexiones, de ideas, de opiniones, de juicios inteligentes.

Pensar que ya no tendré oportunidad de tener su generosa compañía intelectual (como le decía en el libro que le dediqué), me rompe el alma. Para la sociedad Aurelio Desdentado ha sido muchas y grandes cosas (TAC crítico, Abogado inteligente, Profesor excelente, Magistrado magnífico) pero yo le consideraba mi amigo y su pérdida es irreparable. Pido indulgencia a quien esto lea por solo hablar de mí cuando alrededor de nosotros siempre han caminado familia y muy queridos amigos pero en esta triste tarde de domingo en la que escribo estas letras he sentido que, por unos momentos, volvía a estar a solas junto Aurelio.

Entrada publicada originariamente en el Blog El Foro de Labos.

Profesora Ana de la Puebla Pinilla

Aurelio DesdentadoQuerido Aurelio
Uno no piensa en lo que duele. Quizás por eso, nunca me pensé escribiendo en pasado sobre Aurelio. Siempre estaba ahí, cuando le necesitaba, cuando me surgía una duda que nadie podía resolver con mejor juicio, cuando necesitaba una perspectiva distinta de lo que la política y la vida deparaba a nuestro país, o simplemente cuando me apetecía escucharle o saber de él. No voy a acostumbrarme a su ausencia.

Le conocí cuando, en mi primera visita a la Universidad Autónoma de Madrid, acogida en una mesa de la biblioteca del área de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, él visitaba aquel santuario en busca de la última monografía, de un artículo perdido de la revista de Política Social o quizás de algún clásico que, por alguna razón extraña, no tenía en su biblioteca particular. Pocas palabras crucé con él en aquellos días, impresionada por su condición de magistrado del Tribunal Supremo. Y, sin embargo, apenas unos meses después me recibía en su casa, siempre disponible y dispuesto a leer y releer las sucesivas versiones de mi tesis doctoral. Creo que entonces, subyugada por la opinión que Aurelio pudiera tener de mis primeros escritos, no era consciente de lo que, sin merecerlo, se me estaba dando. Pero sí supe, y agradecí desde el primer momento, que, sin ninguna obligación ni motivo, fue la primera persona que me abrió las puertas de su casa, que dio valor, dedicando parte de su valioso y escaso tiempo, a mi trabajo.

Desde entonces, creo que Aurelio ha leído todo lo que he escrito y publicado, al menos todo lo que yo creía que podía tener algún interés o relevancia. Siempre he necesitado su opinión crítica, su valoración y su placet. Hace apenas unas semanas hablábamos de mi último trabajo, que se leyó con una premura que, sin yo pedírselo, sabía que necesitaba. Me regaló en varias ocasiones la posibilidad de publicar con él, me ofreció oportunidades que podía haber destinado a otras muchas personas, me apoyó cuando valoré la posibilidad de cambiar mis horizontes profesionales, me aconsejó y acompañó en momentos difíciles.

A la vez que me leía, me corregía y me enseñaba, Aurelio se convirtió, de forma tan natural como imperceptible, en un referente imprescindible para casi todo, aunque nada tuviera que ver con el derecho. Las charlas en su casa de la calle Sirio o de El Escorial dieron paso a buenos ratos en la conocida cervecería Santa Bárbara que, cuando ya no fue posible, sustituimos por cualquier otro lugar, cuanto más modesto y acogedor mejor, y finalmente a largos paseos por su barrio o por el mío. En algunas ocasiones, acompañados por Jesús Mercader, en otras por otros buenos amigos, Enrique Juanes, Félix Herrero, Juan Damián o Pablo de Lora y, en muchas más, tan solo Aurelio y yo. Las conversaciones sobre cine, sobre literatura o política se hicieron habituales. Una parte no poco importante de mis mejores libros y novelas los debo a sus generosos regalos o a sus imperativas y cariñosas recomendaciones. Conocerle me permitió conocer a su familia, a su mujer, Lola, a sus hijas Eva y Elena, y compartir la devoción que sentía por sus nietos, expresada en poesías, en lecciones de filosofía o en tímidas pero emocionadas palabras de afecto. Conocerle me permitió reconocerle como un hombre sabio, como un hombre bueno, generoso con su tiempo, respetuoso siempre con las opiniones ajenas.

Nunca le agradeceré bastante porqué, sin haber hecho nada para merecerlo, me dedicó su tiempo, se interesó por lo que yo pudiera contarle, estimó que podían serle valiosas mis opiniones, me escuchó y me ofreció su criterio. Solo encuentro la respuesta en su generosidad desinteresada.

Por todo ello, me siento afortunada y profundamente agradecida. Me queda el consuelo de saber que él lo sabía, aunque, con esa humildad y sencillez que le caracterizan, nunca me dejó decírselo. Poco dado a homenajes o a palabras y expresiones grandilocuentes de agradecimiento, no se si le gustaría leer estas líneas, probablemente torpes e insuficientes, pero llenas de cariño y gratitud. He omitido conscientemente las palabras maestro y amigo. Él diría que son excesivas, que no hacen falta. Pero, a pesar de no estar de acuerdo, me disculparía y seguiría conversando de otras cosas. Así es Aurelio.

Entrada también publicada en el Blog El Foro de Labos.

Profesora Carolina Martínez Moreno

Fotografía, de contemporaneos2005.blogspot.com

Un tributo a la memoria de Aurelio Desdentado Bonete

Aurelio está en mi recuerdo desde que me reconozco a mí misma como aprendiz de iuslaboralista. Creo que le conocí personalmente en una de aquellas jornadas de Albacete, que organizaban Antonio Baylos, Luis Collado, Enrique Lillo y tantos otros insignes y admirados maestros; y ya desde entonces se convirtió en un referente indispensable para mi proceso de aprendizaje. [1]
Con el paso de los años, el destino me anudó a él de muy diversas formas. Primero, porque coincidimos —casualidad o sintonía— en inquietudes intelectuales y doctrinales. Muchas de mis modestas publicaciones entablaron diálogo con sus magníficos trabajos sobre cuestiones centrales de nuestra disciplina. Más tarde, porque la vida me llevó al Tribunal Supremo, donde el vínculo de magisterio, amistad, cariño y complicidad fraguó de manera definitiva.
Aurelio disfrutaba y te hacía disfrutar de una conversación dando un paseo desde la Plaza de la Villa de París a la librería Antonio Machado, a cualquier restaurante cercano para compartir comida y buen vino, o a su casa de El Escorial. Era un paseante y un conversador fascinante. Y en cualquiera de aquellos momentos prodigaba su saber de jurista cabal y concienzudo, pero también de intelectual librepensador y de hombre erudito. Hemos hablado, mejor dicho, le he escuchado con aprovechamiento tratar sobre Derecho, no solo del Trabajo, filosofía, literatura, poesía (qué lujo compartir con él, parte de su familia y mi querido Ignacio González del Rey la entrega del premio del Cafetín Croche en El Escorial). Fuimos juntos a mil sitios, a sesiones divulgativas a la Escuela Julián Besterio de la UGT, al CES. Siempre que podía, acudía desprovisto de escolta y de chofer, haciendo gala de su sencillez y despreocupación. Le recogía su mujer, Lola, o desplegaba su espíritu juvenil oficiando de copiloto para Magda Nogueira y su “bólido”; lo que sirve también para ilustrar su sana pasión por las mujeres, de las que sabía rodearse tanto en la vida personal como en la profesional.
Era un hombre vital y generoso, que prodigaba su vasto y profundo conocimiento como un igual, sin marcar diferencias ni jerarquías. Magnánimo en el elogio, nunca le mandé un escrito, por simple que fuera, al que no me respondiera con una sugerencia aprovechable o con una crítica laudatoria. Creía que los trabajos en los que estábamos empeñados tenían un momento de madurez, y una vez alcanzado, había que sacarlos adelante y publicarlos. Y eso me ha ayudado mucho.
Tengo una deuda intelectual con él impagable, pero la tengo tal vez mayor en el plano personal. Aurelio, también Lola, estuvieron a mi lado en momentos decisivos y difíciles de mi vida. Fue un amigo cercano y abnegado, incondicional y siempre disponible. Me consta que lo ha sido con muchas más personas. Si tuviera que destacar lo que para mí ha representado, además de en la esfera intelectual, científica y profesional, se resumiría diciendo que era un enamorado del amor. Del que destilaba por todos los poros de su cuerpo hacia Lola, su mujer, Eva y Elena, sus hijas, y sus nietos, Pero también hacia los demás, por el amor que él presentía y percibía en los que le rodeaban.
Y termino. Hasta para morirse Aurelio ha sido significativo. Se ha despedido de todos nosotros en el día del Padre, el 19 de marzo del año 2021, dejándonos a los que le queremos un poco huérfanos.
Entrada publicada originariamente en el Blog Leyteratura.